Normando la confusión: la ISO 26000

Lo que hace poco era una idea lírica (u peor aún, onírica) ha pasado a estar en todas partes: la Responsabilidad Social Empresarial es con cada vez más frecuencia por políticos, exigida por activistas, analizada por académicos, ofrecida por consultores, implementada y reportada -por ahora- sólo por empresas y percibida por la sociedad.

En su búsqueda crear sostenibilidad al entorno social y a sí misma, la empresa sobrepasa el concepto tradicional de la filantropía. Indaga sobre la protección e información al consumidor, vela por el impacto ambiental de sus procesos y el destino final de sus productos, se adentra en los talleres de sus proveedores fuera de sus fronteras y verifica la seguridad y condiciones laborales. Se interesa por el bienestar de las familias de sus trabajadores y el de la comunidad que le es vecina, interpreta los efectos no deseados de las consecuencias de sus propias actividades, como los cambios culturales derivados del consumo y la publicidad. Se pregunta si el derecho de los accionistas minoritarios está debidamente protegido. Antes nada de esto estaba en el escritorio del gerente. Ahora sí. El hecho que no exista responsabilidad legal sobre esos aspectos, no la exonera de la social. Como que su negocio se lo exige.

Pero al transitar en estos territorios, se ve doblemente atrapado. Por un lado el sentido de contribución a tan valioso objetivo le anima a continuar y profundizar el esfuerzo. Pero por el otro, la sociedad lo toma no como un acto voluntario sino como el cumplimiento de una obligación que por no estar escrita no es menos exigible. Para algunos sectores, la vuelve exigencia previa para que pueda operar. En otros casos, le extiende permanentemente la meta, de modo que nunca se alcanza su cumplimiento. Total, demasiada indefinición y demasiada área ambigua. Para lo que algunos es voluntario, para otros es obligación; lo que para algunos es sostenible, para otros no lo es; lo que parece suficiente, otros dicen todavía; lo que se muestra como ético otros lo tildan de estético; lo que debiera generar aprecio provoca insatisfacción; lo que debe ser un compromiso igualmente exigible a las ongs, universidades, trabajadores y gobiernos otros señalan que eso es sólo para las empresas y los demás miran. Y así empiezan las tentaciones: desde hacer cualquier cosa o por último no hacer nada.

Estas preguntas se las ha formulado hace poco la Organización Internacional de Estandarización. La conocida ISO. Aquella misma que silenciosamente ha puesto de acuerdo al mundo para que las cosas sean compatibles, coincidan, calzen, sean confiables y seguras. Ha estandarizado cómo deben ser los enchufes, los contenedores, los televisores, la seguridad de los juguetes, el cemento, los cinturones de seguridad de los autos y 16000 elementos más que al compartir determinadas características comunes son usables y confiables en todo el mundo. Tuvieron también la audacia de estandarizar la calidad, de modo que quien adopte ciertos procesos básicos y pueda demostrar que los sigue rigurosamente puede asegurar que la tiene, no importando cuál sea su producto o servicio. Lo mismo con la gestión ambiental a través de la norma ISO 14000. Y todo basado en el consenso. En poner partes de acuerdo. Y en hacer de ello un estándar, una norma clara.

Pues la ISO ha decidido embarcarse en un estándar en Responsabilidad Social. Es la nueva ISO 26000. Espera entregar en octubre del 2008 un documento guía, de lenguaje sencillo, entendible y accesible a los no especialistas, para que cada quien pueda desarrollar su propio esfuerzo de responsabilidad social por el camino correcto. No lo circunscribe a empresas pues expresamente anuncia que bien pueden y deben hacerlo las propias organizaciones del Estado, las ongs, los consumidores y los trabajadores. Consagra su naturaleza voluntaria, entendiendo que así se llega más lejos que con normas específicas que al ser cumplidas, rápidamente se vuelven el tope del desempeño. Además anuncia que no será certificable, a diferencia de sus parientes de calidad y medio ambiente.

Los aspectos más relevantes de la norma serán la definición del ámbito, contexto y principios de la Responsabilidad Social, la determinación de guías en temas claves y guías para la implementación. Un estándar en Responsabilidad Social termina siendo un documento establecido por consenso y aprobado por una autoridad reconocida que provee, por uso común y repetido, reglas guías y características para actividades o resultados orientados a un óptimo grado de orden según el contexto. Ese consenso puede ser la base de orden en la confusión y el alineamiento de la energía de todos los actores sociales hacia una sociedad mejor.

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